Quiero seguir intentándolo
Desde hace muchísimo tiempo tengo un problema que me ha hecho sentir mal conmigo misma más de una vez:
me encanta empezar cosas… pero me cuesta mucho terminarlas.
Yo soy lo que llamo una persona con “noveditis”.
Si aparece un proyecto nuevo, me emociona, me obsesiona, lo pienso todo el día, todos los días. Me imagino cómo va a ser, cómo se va a ver, cómo lo voy a hacer, cómo podría mejorar.
Y luego pasa algo muy feo.
Dos semanas después…
un mes después…
dos meses después…
lo dejo.
Lo abandono.
Y aunque suene exagerado, eso a mí siempre me ha dolido. Porque no es que no me guste lo que empiezo. Es que, en algún punto, me empiezo a sentir insuficiente. Empiezo a sentir que no va a quedar como yo quiero. Que no es tan bueno. Que no es tan profesional. Que no es tan bonito como debería ser. Y entonces aparece la perfección. Esa cosa horrible que te dice que, si no va a salir increíble, mejor no lo termines. Con los años fui acumulando materiales para mil actividades distintas. Un poco de esto, un poco de aquello, herramientas, ideas, libretas, archivos, carpetas. Proyectos empezados por todos lados. Y también, poco a poco, se me fue metiendo una sensación de no tener rumbo. Yo quería hacer cosas. De verdad quería. Pero sentía que nunca lograba sostener nada.
Hasta que un día pensé algo muy simple:
¿por qué no intento juntar todo lo que he aprendido en la universidad y usarlo en un solo proyecto? No uno perfecto. Uno real. Ese proyecto —que cuento con más detalle en mi blog de ¿Quién soy?— empezó exactamente igual que todos los demás: con emoción… y con muchísimo miedo.
Miedo de no saber si ahora sí lo iba a terminar.
Miedo de no saber cómo lo iba a lograr.
Miedo de que otra vez se quedara a medias.
Y ahí fue cuando mi novio me dijo algo que, me animó muchísimo a intentarlo:
“Escríbelo. Haz visible tu proceso. Que puedas ver lo que vas haciendo.”
Y empecé.
Lo que más me ha costado, sin duda, ha sido esta página web. Muchísimas veces la tuve que empezar de nuevo, muchas veces me desanimé, muchas veces sentí que no estaba avanzando nada. Y además… hay algo que no se dice mucho: es impresionante el poco conocimiento con el que sales de la universidad en cosas que son esenciales. Sabes muchas cosas, sí, pero cuando te enfrentas a un proyecto real, te das cuenta de todo lo que no sabes todavía.
Yo empecé este proyecto con muy poco conocimiento, muy poco. Pero también empecé con algo que antes no tenía: constancia. No desde la disciplina perfecta, sino desde el cariño por el proyecto. Y algo muy importante pasó en el camino, me empecé a sentir mucho menos deprimida.
De verdad.
Estoy más feliz.
Tengo algo propio.
Tengo un proyecto que quiero llevar hasta el final.
Y no, no escribo esto desde la posición de “ya lo logré” o “ya sé cómo se hace todo”. Para nada. Apenas estoy empezando. Apenas estoy sacando mi proyecto al mundo.
Pero me da muchísimo orgullo decir que ya he logrado vender algunas cosas.
Que hay personas que confían en lo que hago.
Que por primera vez siento que sí puedo construir un futuro desde algo que me gusta.
Este texto no es un cierre, es más bien una cápsula del tiempo. Quizá dentro de dos años vuelva a este blog y escriba una segunda parte.
Para contar qué aprendí, en qué fallé, qué salió mal, qué salió mejor de lo que esperaba y cómo fue realmente este camino.
Por ahora, esto es lo que soy:
Una persona que no siempre es constante.
Que empieza con miedo.
Que no sabe todo.
Que a veces quiere que todo sea perfecto.
Pero que, aun así, sigue intentando.