¿Quién soy?
No tengo una historia perfectamente ordenada, ni un camino recto que contar. De hecho, si algo ha sido constante en mi vida es el caos de ideas entrando y saliendo de mi cabeza a toda velocidad. Pero si intento ponerle un poco de orden, esta es la historia de cómo llegué hasta aquí.
Soy la mayor de tres hermanos y, para mi sorpresa (o desgracia), soy extremadamente parecida a mi papá. No solo físicamente, sino en muchas otras cosas: la forma de pensar, de obsesionarme con proyectos, de meterme de lleno en lo que me gusta… sacándole, claro, algunas canas a mi pobre mamá.
Desde pequeña quedó claro que yo era “algo” artística, aunque nadie —ni yo— sabía exactamente qué. Me gustaba de todo: el cine, los animales, los bebés, las maquetas, ser hacker (sí, hubo una etapa), y como cualquier niño chiquito, cambiaba de profesión cada cinco minutos. Nada se quedaba fijo… excepto una cosa.
Un día mi papá, que es arquitecto y uno muy bueno, llegó a la casa con una maqueta de un proyecto en el que estaba trabajando. Era hermosa. No recuerdo exactamente el edificio, pero sí recuerdo la sensación. Ahí fue cuando me enamoré. Me valía todo lo demás, yo quería hacer maquetas. Y si quería hacer maquetas, entonces tenía que estudiar Arquitectura. Así de lógico era para mí.
Durante años seguí cambiando de “qué quería ser cuando fuera grande”, pero siempre regresaba al mismo punto: arquitecta. Hice el examen para entrar a la Facultad de Arquitectura de la UNAM convencida de que ese era el camino. Tenía mil opciones más, pero yo quería eso. Quería parecerme a mi papá y construir maquetas increíbles.
Por cosas del destino (y de los exámenes), no entré a la UNAM. Y entonces mi mamá, en un movimiento que hoy agradezco muchísimo, me metió a la UAM a estudiar Diseño.
Y aquí viene la parte donde siempre me preguntan:
—¿Diseño? ¿Diseño en qué?
Y tengo que explicar que el diseño que estudio no tiene apellidos. No es solo gráfico, ni solo industrial, ni solo digital, ni solo de espacios. Es todo eso junto. Desde el inicio te enseñan a resolver problemas usando muchas herramientas al mismo tiempo: pensar, crear, analizar, construir.
Lo curioso es que ahí entendí algo que antes no había podido poner en palabras. Mi obsesión por las maquetas no era solo por las maquetas. Era porque me encanta construir cosas. Crear desde cero. Usar máquinas. Estar en el taller rodeada de herramientas. Ensuciarme las manos. Ese espacio lleno de máquinas era, sin exagerar, mi elemento.
Y fue ahí cuando, por primera vez, me empezó a gustar de verdad mi carrera.
Hoy estoy en mi último año de universidad. Y siendo honesta, no todo ha sido bonito. Se me cerraron algunas oportunidades que consideraba muy valiosas, y eso me desanimó más de lo que me gustaría admitir. Sentí que estaba haciendo todo “bien” y aun así no salía como yo esperaba.
Pero, al mismo tiempo, se abrieron otras cosas. Oportunidades que jamás me habría imaginado.
Una de ellas llegó en forma de regalo: una impresora 3D. Me costó muchísimo trabajo hacer que funcionara. Muchísimo. Hubo frustración, errores, piezas fallidas y ganas de rendirme. Pero el día que por fin lo logré, algo hizo clic. Supe que con eso podía hacer muchas cosas.
Empecé a imprimir, a arreglar objetos, a probar ideas. Y eventualmente me di cuenta de algo muy práctico: si quería seguir imprimiendo, necesitaba más dinero del que normalmente tengo. Así que apareció una idea que siempre me había dado miedo: emprender.
Soy mala vendiendo. De verdad. Me da pena, me da miedo y me cuestiono todo. Pero también pensé: ¿por qué no intentarlo? ¿Por qué no trabajar en algo que sé que me apasiona?
Y aquí estoy. Con 23 años, sin tener idea exacta de qué va a pasar con mi futuro, pero con muchísimas ganas de crear, de aprender y de mostrarle al mundo de lo que soy capaz de hacer.
Este blog nace justo desde ahí: desde el proceso, no desde la perfección.